lunes, 9 de junio de 2014

Una noche de luna llena...





Miro la tumba y sigo sin dejar de sorprenderme. La bebida, ella es la culpable, bueno, y la irresponsabilidad del chico.
Me estremezco al pensar en la muerte, o mejor dicho: en el dolor.
-¿Tienes frío? –me pregunta Alejandro.
-Un poco –admito-. ¿No es hora de irnos ya?
-Ya lo creo que sí –dice revisando su reloj de muñeca-. En media hora cierran el cementerio y no queremos quedarnos, ¿o sí? –no espera mi respuesta y llama a su hermana:-¿Vienes Beatrice? Ya nos vamos.
Beatrice, que está a unos metros de nosotros, regresa corriendo con algo en sus manos, unas piedras, para ser exacta.
-¿Sabías que si coges algo del cementerio y los llevas a tu casa se te aparecerán espíritus? –le comento-. Y no de los amigables –añado.
-Exactamente por eso las llevo -.contesta agitando las piedras en el aire-. Digamos que es algo así como un experimento.
Justo en ese instante llegamos a las puertas del cementerio, mas quedamos petrificados ante estas. Está cerrada. ¿Cómo? Si cerraban a las siete y aún faltaban veinte minutos más.
Sin embargo Alejandro no parece tan sorprendido, se golpea la cabeza con una mano y dice:
-Lo había olvidado, desde hace una semana cierran el cementerio a las seis.
-¿Qué? ¿Cómo no lo recordaste? –replica Beatrice a su hermano mientras soltaba un suspiro frustrado y pateaba el suelo.
-Pero, ¿no hay un cuidador aquí? –pregunto.
-Debería –responde Alejandro-. Mas, me apuesto el móvil a que, justamente hoy, no le apetece trabajar.
¿Y si saltamos por los muros? Alzo la vista y descubro que sobre los muros hay alambre de púas. La última vez que vine no estaba ahí, ¿o sí?
-¿A quién se le ocurre colocar  alambre de púas sobre los muros de un cementerio? –inquiero, a nadie en particular, enfadada-. Digo, están muertos, no se escaparán.
-Está bien, se los explicaré –dice Alejandro después de un rato-. Hace dos semanas, aproximadamente, descubrieron que alguien ha estado robando… partes de cadáveres –lo último lo dijo tan rápido que no estoy segura de haberle oído bien, pero el tono pálido en el rostro de Beatrice me confirma que si lo he hecho.
Mientras asimilo lo escuchado Beatrice saca su móvil e intenta llamar, pero al parecer su intento falló.
-¿Alguno de ustedes tiene señal? –nos pregunta.
Reviso mi móvil y, como había sospechado, no la tenía.
-Ni una barrita –digo. Y por la expresión de mi primo entiendo que él tampoco tiene.
Unas horas más tarde nos encontrábamos sentados frente a la verja de la entrada. El cementerio había adoptado un tono sombrío a la luz de la luna, las sombras se proyectaban largas e intimidantes sobre las tumbas.
-Deben de estar buscándonos, ¿no? –inquiere mi prima.
-A mí no –respondo-. Mi madre cree que hoy duermo su casa –digo y los señalo a los dos.
Los párpados me pesan, no creo que pueda permanecer más despierta. Reviso mi móvil, 3:00 am.
Despierto sobresaltada y miro a mi alrededor asustada, y veo a los dos hermanos durmiendo profundamente.
Necesito ir urgente al baño, me levanto y me dirijo hacia unos arbustos, aunque no muy lejos.
Cuando regreso no veo a nadie, pero si veo un charco de sangre. El miedo se apodera de mí.
-Ah! –escucho-. ¡Bájame! ¡Ayuda! –es Beatrice, suspiro aliviada, aún está con vida.
Salgo corriendo hacia la voz, en busca de mi prima y su hermano –si es que está vivo-. Niego con la cabeza, debe estarlo.
De la nada aparece una luz, me escondo tras una tumba y observo. Veo a un hombre joven, de cabello oscuro y lacio; sus ojos -¡Oh, sus ojos!- son como dos túneles negros y sin fin; alto y fuerte.
Ha de s fuerte si puede cargar a mis primos en cada uno de sus brazos, pienso.
El hombre deja a Alejandro, o mejor dicho lo lanza y después a Beatrice. Ella se arrastra hasta llegar a su hermano y lo arrulla en su regazo mientras llora, si no fuera por el débil subir y bajar del pecho de mi primo pensaría que ha muerto. Por lo que veo tiene una grave herida en el costado y se está desangrando, y a Beatrice le cae sangre por la parte trasera de la cabeza.
Muerdo mi puño para reprimir un sollozo. Tengo que hacer algo, pienso.
-Me conformaba con los cadáveres, ¿saben? –me quedo paralizada, es la voz del hombre, grave y oxidada-. Pero no se puede negar una presa fresca, ¿no creen? –comenzó a reír cínicamente.
De lo siguiente no estoy muy segura, todo pasa muy rápido.
Pestañeo y veo que estoy parada en medio del círculo de luz que proyecta la linterna con una roca ensangrentada en mis manos.  Beatrice me observa estupefacta, el hombre está tendido boca abajo a mi lado con una enorme grieta en su mano, ante esta visión entiendo lo sucedido.
Suelto la piedra, me inclino hacia el cuerpo inconsciente del hombre y saco una soga de su cinturón. Amarro al hombre y lo dejo tumbado en la hierba.
Me dirijo donde están mis primos y me arrodillo frente a ellos, Beatrice aún arrulla a su hermano.
-Hay que presionar la herida –le digo-. Si no se desangrará.
Encuentro un cuchillo cerca de nosotros, lo tomo y corto parte de la camiseta de Alejandro, dejando al descubierto la herida. Amarro el trozo de tela alrededor de la cintura de mi primo y presiono. Él gime, no puedo imaginar el dolor, pero sé que es lo mejor ya que está perdiendo mucha sangre.
-¿Por qué no le mataste? –me pregunta de pronto Beatrice con la vista fija en el cuerpo del hombre.
-No me creo capaz de terminar con la vida de alguien –respondo.
En el cielo el son se alza imponente e indiferente a lo ocurrido.


Fin.

Antonia Saavedra

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