Miro la
tumba y sigo sin dejar de sorprenderme. La bebida, ella es la culpable, bueno,
y la irresponsabilidad del chico.
Me
estremezco al pensar en la muerte, o mejor dicho: en el dolor.
-¿Tienes
frío? –me pregunta Alejandro.
-Un poco
–admito-. ¿No es hora de irnos ya?
-Ya lo creo
que sí –dice revisando su reloj de muñeca-. En media hora cierran el cementerio
y no queremos quedarnos, ¿o sí? –no espera mi respuesta y llama a su
hermana:-¿Vienes Beatrice? Ya nos vamos.
Beatrice, que
está a unos metros de nosotros, regresa corriendo con algo en sus manos, unas
piedras, para ser exacta.
-¿Sabías que
si coges algo del cementerio y los llevas a tu casa se te aparecerán espíritus?
–le comento-. Y no de los amigables –añado.
-Exactamente
por eso las llevo -.contesta agitando las piedras en el aire-. Digamos que es
algo así como un experimento.
Justo en ese
instante llegamos a las puertas del cementerio, mas quedamos petrificados ante
estas. Está cerrada. ¿Cómo? Si cerraban a las siete y aún faltaban veinte
minutos más.
Sin embargo
Alejandro no parece tan sorprendido, se golpea la cabeza con una mano y dice:
-Lo había
olvidado, desde hace una semana cierran el cementerio a las seis.
-¿Qué? ¿Cómo
no lo recordaste? –replica Beatrice a su hermano mientras soltaba un suspiro
frustrado y pateaba el suelo.
-Pero, ¿no
hay un cuidador aquí? –pregunto.
-Debería
–responde Alejandro-. Mas, me apuesto el móvil a que, justamente hoy, no le
apetece trabajar.
¿Y si
saltamos por los muros? Alzo la vista y descubro que sobre los muros hay
alambre de púas. La última vez que vine no estaba ahí, ¿o sí?
-¿A quién se
le ocurre colocar alambre de púas sobre
los muros de un cementerio? –inquiero, a nadie en particular, enfadada-. Digo,
están muertos, no se escaparán.
-Está bien,
se los explicaré –dice Alejandro después de un rato-. Hace dos semanas,
aproximadamente, descubrieron que alguien ha estado robando… partes de
cadáveres –lo último lo dijo tan rápido que no estoy segura de haberle oído
bien, pero el tono pálido en el rostro de Beatrice me confirma que si lo he
hecho.
Mientras
asimilo lo escuchado Beatrice saca su móvil e intenta llamar, pero al parecer
su intento falló.
-¿Alguno de
ustedes tiene señal? –nos pregunta.
Reviso mi
móvil y, como había sospechado, no la tenía.
-Ni una
barrita –digo. Y por la expresión de mi primo entiendo que él tampoco tiene.
Unas horas
más tarde nos encontrábamos sentados frente a la verja de la entrada. El
cementerio había adoptado un tono sombrío a la luz de la luna, las sombras se
proyectaban largas e intimidantes sobre las tumbas.
-Deben de
estar buscándonos, ¿no? –inquiere mi prima.
-A mí no
–respondo-. Mi madre cree que hoy duermo su casa –digo y los señalo a los dos.
Los párpados
me pesan, no creo que pueda permanecer más despierta. Reviso mi móvil, 3:00 am.
Despierto
sobresaltada y miro a mi alrededor asustada, y veo a los dos hermanos durmiendo
profundamente.
Necesito ir
urgente al baño, me levanto y me dirijo hacia unos arbustos, aunque no muy
lejos.
Cuando
regreso no veo a nadie, pero si veo un charco de sangre. El miedo se apodera de
mí.
-Ah!
–escucho-. ¡Bájame! ¡Ayuda! –es Beatrice, suspiro aliviada, aún está con vida.
Salgo
corriendo hacia la voz, en busca de mi prima y su hermano –si es que está
vivo-. Niego con la cabeza, debe estarlo.
De la nada
aparece una luz, me escondo tras una tumba y observo. Veo a un hombre joven, de
cabello oscuro y lacio; sus ojos -¡Oh, sus ojos!- son como dos túneles negros y
sin fin; alto y fuerte.
Ha de s
fuerte si puede cargar a mis primos en cada uno de sus brazos, pienso.
El hombre
deja a Alejandro, o mejor dicho lo lanza y después a Beatrice. Ella se arrastra
hasta llegar a su hermano y lo arrulla en su regazo mientras llora, si no fuera
por el débil subir y bajar del pecho de mi primo pensaría que ha muerto. Por lo
que veo tiene una grave herida en el costado y se está desangrando, y a
Beatrice le cae sangre por la parte trasera de la cabeza.
Muerdo mi
puño para reprimir un sollozo. Tengo que hacer algo, pienso.
-Me
conformaba con los cadáveres, ¿saben? –me quedo paralizada, es la voz del
hombre, grave y oxidada-. Pero no se puede negar una presa fresca, ¿no creen?
–comenzó a reír cínicamente.
De lo
siguiente no estoy muy segura, todo pasa muy rápido.
Pestañeo y
veo que estoy parada en medio del círculo de luz que proyecta la linterna con
una roca ensangrentada en mis manos.
Beatrice me observa estupefacta, el hombre está tendido boca abajo a mi
lado con una enorme grieta en su mano, ante esta visión entiendo lo sucedido.
Suelto la piedra,
me inclino hacia el cuerpo inconsciente del hombre y saco una soga de su
cinturón. Amarro al hombre y lo dejo tumbado en la hierba.
Me dirijo
donde están mis primos y me arrodillo frente a ellos, Beatrice aún arrulla a su
hermano.
-Hay que
presionar la herida –le digo-. Si no se desangrará.
Encuentro un
cuchillo cerca de nosotros, lo tomo y corto parte de la camiseta de Alejandro,
dejando al descubierto la herida. Amarro el trozo de tela alrededor de la
cintura de mi primo y presiono. Él gime, no puedo imaginar el dolor, pero sé
que es lo mejor ya que está perdiendo mucha sangre.
-¿Por qué no
le mataste? –me pregunta de pronto Beatrice con la vista fija en el cuerpo del
hombre.
-No me creo
capaz de terminar con la vida de alguien –respondo.
En el cielo
el son se alza imponente e indiferente a lo ocurrido.
Fin.
Antonia Saavedra

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